EL
BAÚL
#
6:
"Para saciar la sed".
Chups, adoquines,
marcianos y raspadilla

Por José Luis Mejía *
El miércoles, cuando
salía de una de mis soporíferas “clases teóricas de manejo” (¡vaya
despropósito lingüístico!) en las que terminé inscrito por esto de hacer
feliz a la mujer que uno quiere (y a la mía, valgan verdades, virtudes le
sobran para ser amada), me encontré en la puerta del instituto con un
viejo carrito de madera en el cual, sonriente y amable, una chiquilla
llevaba una antigua máquina moledora, varios kilos de hielo y dos grandes
pomos con “jarabe”, uno de color rojo sangre y el otro de un amarillo más
escandaloso que el de los letreros de las señales de tránsito que colman
las paredes que observo todos los días antes de ceder mis energías a
Morfeo, en el sauna donde un par de sexagenarios hacen lo imposible por
mantener la atención de la treintena de ingenuos que nos matriculamos en
el horario de las dos de la tarde.
Mi juventud se vino como un sueño a recordarme las más ingeniosas
maneras que teníamos, en las pobrezas de entonces, para calmar la sed
veraniega. La carretilla de marras que empujaba la adolescente no era otra
cosa que una reliquia sobreviviente de los tiempos idos, en la cual, un
señor (siempre chato, siempre de edad imprecisa, con un diente menos, un
sombrerito y sonrisa impostada) recorría las calles de la Lima popular
llevando a quienes teníamos sólo unas cuántas monedas en el bolsillo, la
refrescante realidad de una raspadilla.
Como su nombre lo descubre, el potaje aquel resultaba de raspar hielo (grandes
bloques de agua congelada cuya procedencia y pureza jamás nos preocupó),
colocarlo en unos vasitos de plástico y rocearlos equitativa y
generosamente con los líquidos dulcísimos y empalagosos que le daban color
y un sabor aproximado al “tutti fruti” (esa textura irreconciliable con
cualquier paladar medianamente instruido que resulta de la mezcla
arbitraria de los restos o sobras de los jugos de frutas, que los
mercachifles de ahora nos endilgan en helados, gaseosas y gomas de mascar
como si fuera un descubrimiento). Como supondrán, una vez con la
raspadilla en la mano, desbaratando la sed a fuerza del hielo dulzón, nada
nos importaba la manera en que aquella ambrosía se elaboraba.
Recuerdo que en los buenos tiempos le regalaron a mi hermana un
juego para hacer raspadilla casera. Consistía en un moledor de hielo
(bastante reacio a los trabajos pesados) y un dispensador de plástico que
contenía dos o tres recipientes con sendos dispositivos que permitían el
paso racionado de los jugos que allí se vertían. Ya no sé si fue el
aburrimiento (darle vueltas a esa manija de plástico que se desprendía a
cada rato era una tortura y sólo conseguíamos un “poco muy poco” -si me lo
permite Perogrullo- de hielo machacado) o la desidia infantil, lo que nos
alejó del juguete; lo cierto es que una mañana apareció desbaratado
librándonos de la tortura de manipularlo.
La raspadilla no era la única que calmaba la sed de los muchachos
que colmábamos las plazas, aprovechando las vacaciones escolares y
volviendo locos a los guardianes que trataban de echarnos a palazos porque
“¡arruinan el jardín!”. Imposible olvidar (perdónenme la digresión) al
canalla que cuidaba el parque España (donde transcurrió mi niñez). Debió
ser uno de los más cascarrabias jardineros de la municipalidad de Surco,
porque nos perseguía sin descanso y, cuando veía que las fuerzas no le
alcanzaban para controlar a tanta chiquillada empeñada en jugar fútbol,
mata-gente o ladrones y celadores, acudía al último recurso de inundar,
con aguas de acequia, asquerosas y malolientes, todos los rincones.
Nuestra venganza llegaba al día siguiente, con la guerra de barro…
Frente a la raspadilla ocasional, estaban los “chups”. Éstos han
sido (y siguen siendo en muchas partes de la ciudad) el más socorrido de
los dulces del verano. ¿De dónde proviene el nombre aquel? Lo ignoro,
aunque no es difícil suponer que nació del hecho de tener que absorber o
succionar el sabroso jugo que se esconde en el hielo seco empaquetado en
unas bolsitas larguiruchas de plástico transparente. Como chupar es una
palabra muy mal avenida en nuestro medio porque, entre otros despropósitos,
significa “ingerir bebidas alcohólicas” (RAE dixit), es de suponer que se
convirtió en “chup”, que nada significa y que tiene un tufillo a palabra
extranjera (algo que nuestros complejos ancestrales aprecian muchísimo).
Será por eso que algunos se dieron en llamarlos “marcianos”, como para
librarse de maleficio colonialista o de la palabreja con sabor a cantina.
¡Quién sabe!
Los más comunes y corrientes eran los chups de agua (también los más
baratos), y no consistían en otra cosa que esos mismos mejunjes dulzones
de la raspadilla acuificados (barbarismo que la RAE no acepta pero que a
mí me suena delicioso) y depositados en las ya mentadas bolsas tubulares y
delgadas. Se vendían en las casas y eran preparados por las honradas manos
de madres empobrecidas que veían en el negocito aquel una manera de
agenciarse algunos soles extras que nada mal venían al exiguo presupuesto
tercermundista e hiperinflacionario de la familia. Un letrero con “se
venden marcianos” era suficiente para poner en alerta a la muchachada;
para los más desconfiados se agregaba “hechos con agua hervida” y así
quedaba satisfecha cualquier duda profiláctica.
Para los paladares más exigentes (y los bolsillos mejor
aprovisionados) existían los chups de leche y esos sí que eran un manjar.
Rápidamente se aprendía quién en el barrio los hacía “bambeados”, con
leche aguada y fruta insulsa, y quién se esmeraba y preparaba esos
deliciosos de fresa o de lúcuma que eran un verdadero "boccato di
cardinale". Fue en ellos que invertí (“malgasté” no es una palabra digna
de dulces tan primorosos y exquisitos) mis raleadas propinas infantiles.
Alguna vez he contado de mis primeras incursiones en el mundo de los
negocios y de mis peripecias con los adoquines, cuya buena fortuna me
arrastró a intentar otras empresas financieras (rotundos fracasos, lo
confieso, que me convirtieron en un asalariado profesor, amén de poeta y
cronista impago). Pues bien, en el último peldaño de la escala de los
“mata-sed” veraniegos (donde los helados –difíciles para nuestras raleadas
economías- se encontraban en la cumbre) se hallaban los benditos “adoquines”.
Una de las maravillas que tenían estos productos del ingenio y la
lucha contra la deshidratación era que los había de todo sabor y
composición, puesto que sólo bastaba con preparar alguna poción azucarada
y ponerla a helar en las mismas vasijas donde se hacían los hielos caseros.
Yo los hice de todo tipo. Los más baratos eran los de refrescos (esos de
“disuelva el contenido del sobre en un litro de agua y agregue azúcar al
gusto”) pero también los fabriqué de jugos de frutas, gelatina y, en el
colmo del paroxismo al que me arrastraba mi pasión por tal portento, de
café con leche (los que nunca más, gracias a mi recién decretada
“intolerancia lactosa”, podré comer sin engullir previamente mis dos
píldoras de lactasa que, dicho sea de paso, estimado doctor, ayudan poco
con las incomodidades gástricas subsecuentes).
Entonces desperté del sueño y Robert, mi instructor, me saludó diciendo:
“Hola José Luis, hoy vas conducir –porque manejar lo hace cualquiera- por
la avenida Salaverry…”.
(* José Luis Mejía, es
escritor de artículos de opinión y poemas).
El Baúl