Lo recuerdo muy bien, era una
típica tarde limeña de invierno, gris y nublada y en la casa había gran expectativa por un
partido de fútbol. Yo todavía era un
niño y ajeno al interés que creaba este deporte
salí a la calle a jugar con
mis amigos. Lo que encontramos fue un escenario que parecía sacado
de una película de terror: las calles vacías, un silencio sepulcral.
Estábamos concientes que algo muy importante se estaba desarrollando
en la Argentina, Perú volvía a participar en un Mundial de fútbol después de ocho
largos años, en un partido contra Escocia televisado para todo el mundo. En
teoría, una derrota de los escoceces parecía imposible (eran uno de los
equipos favoritos para ganar el Mundial) pero en el campo, la realidad fue absolutamente otra. La solvencia de Quiroga, el
talento de Cubillas, la inteligencia de Cueto, la frialdad de todo
el equipo. Perú asombraba al mundo futbolístico otra vez, como ya
lo había hecho en México 70. Bastaron 90 minutos para que nuestros
inocentes juegos infantiles fueran
interrumpidos por una caravana infernal.